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martes, 18 de octubre de 2016

De avetorillos y mosquitos

   Ahora podemos conocer toda la información publicada con sólo pulsar una tecla o mandar un correo pero en los años noventa no era tan fácil. Mucho menos si vivías desconectado del mundo científico como era mi caso, pues en aquel período uno se dedicaba a otros menesteres de la vida y apenas se pasaba ya por el local de la Sociedade Galega de Historia Natural; ni tampoco tenía trato con colegas de otras ciudades, a los que conocía de oídas o de cruzarme con ellos en el campo. 
    Por otra parte las guías de campo que había entonces disponibles no resolvían las dudas que teníamos en cuanto a distribución, biología o fenología de las especies tanto a nivel regional como local.  Más aún en el caso de aves escasas y difíciles de observar en Galiza como el avetorillo (Ixobrychus minutus), discreto habitante de las espesuras de cañaveral y juncal en nuestros mejores humedales. De hecho, hasta 1992 sólo conocía una cita para toda la comarca de Ferrol, concretamente en la laguna de Doniños. Pero en aquel año olímpico tuvo lugar mi primer encuentro con el tímido ardeido. Como no podía ser de otra manera sucedió en la laguna de A Frouxeira, Valdoviño, en una de esas raras mañanas soleadas del verano tan gris que tenemos por el Norte gallego. Era Junio del noventa y dos.

    A primera hora de la mañana tuve la fortuna de observar dos avetorillos – macho y hembra – en el tranquilo rincón de “Gairesa”, bautizado así por la fábrica de pinturas que existe al principio del camino. Una fortuna que me deparó otra sorpresa cuando volvía por un sendero que atravesaba una zona de repoblación de eucaliptos y pinos. Al internarme en un claro del monte levanté un ave del suelo que salió volando a mis pies como un fantasma entre los helechos. Cuando encontramos un animal fuera de su hábitat o en un horario poco habitual siempre nos resulta desconcertante, hasta que nos damos cuenta de lo que es. Acababa de sorprender al misterioso chotacabras europeo (Caprimulgus europaeus), un ave nocturna del que ya conocía su presencia en Valdoviño por haberlo visto antes volando y reclamando al amanecer o al anochecer.
     El instinto me dijo que allí había algo más así que avancé un poco y la sorpresa fue mayúscula al encontrar lo que había entre los restos de una vieja hoguera. Allí, entre la madera carbonizada, reposaban los dos huevos blancos tiznados de gris del chotacabras. Sin duda que aquella mañana fue para recordar.


  No sería hasta unos años después, cuando pude realizar un seguimiento algo mejor del avetorillo. Gracias a la construcción de dos observatorios de torre que permitían una mejor panorámica sobre el extenso carrizal que tiene la laguna en su sector meridional. Lamentablemente aquellos primeros observatorios tuvieron una existencia efímera, pues fueron rociados con gasolina y reducidos a cenizas.  He escuchado diferentes especulaciones sobre la autoría de aquellos atentados medioambientales pero yo siempre he tenido claro que fue la mano siniestra de los pescadores furtivos la que estuvo detrás de la quema.

   A pesar de su corta vida aquellos observatorios me permitieron avanzar un poco en el conocimiento sobre el avetorillo y del escribano palustre (Emberiza schoeniclus), otra de las joyas ornitológicas del humedal. Especialmente en los veranos de 2002 a 2004, durante los que tuve suficientes observaciones para considerar su reproducción como altamente probable, aunque nunca se pudo confirmar, dada la dificultad de su observación. Valdoviño no es el delta del Ebro - o Ebre como se llama el río a su paso por Cataluña - donde literalmente se te cruzan por delante del coche mientras vas conduciendo. Aquí eran necesarias muchas horas de espera al amanecer para lograr uno o dos avistamientos, suficientes para volver a casa con la satisfacción del deber cumplido… y con alguna que otra picadura de mosquito. Porque ese era uno de los problemas de las esperas estivales en el observatorio.
   El naturalista debe llevar siempre una serie de cosas en la mochila: lupa de bolsillo, metro, brújula o GPS, mapas, cuaderno de campo, pero también un pequeño botiquín en el que no falte un buen repelente antimosquitos, si no desea convertirse en el menú de la mañana para las hembras de mosquito.
   Recuerdo una anécdota que me aconteció precisamente en el Delta. Cuando volvíamos para el camping observamos un charrán flotando en un canal con síntomas de estar herido en un ala. Paramos el coche y, aprovechando que estaba en pantalón corto, me metí en el canal con la intención de llegar hasta el ave. Pero ésta se alejaba a medida que yo intentaba aproximarme, hasta que finalmente se puso fuera de mi alcance debido a la profundidad que tenía el canal. Sin darme cuenta, al estar en el agua había eliminado la protección antimosquitos con la que me había embadurnado las piernas. Fue subir al coche y cuando bajamos a tomar las cañas en la terraza del camping ya tenía las piernas cubiertas de picaduras. Nunca más volví a cometer aquel error.

   Volviendo al avetorillo, despues de unos años con bastantes observaciones tanto mías como de otros colegas, la especie desapareció de A Frouxeira. Ignoro los motivos pero son ya diez años sin ningún avistamiento y aunque el observatorio actual no permite un control adecuado del carrizal pienso que efectivamente nos ha dejado. Esperemos que sea por poco tiempo y que algún día el misterioso avetorillo vuelva a instalarse en la laguna de Valdoviño. Si ello ocurre quizá incluso tengamos la suerte de poder fotografiarlo. Pocas fotos son tan esperadas por el autor de estas líneas. 


2 comentarios:

  1. A garza pequena desapareceu de moitos humidais galegos... ou pode ser que, de xeito natural, uns anos críe e outros non. Como o Guadiana ou os pementos de Padrón ;) Unha aperta crack, Damián

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  2. Xa, resulta un misterio. Se embargo Ricard Gutiérrez comentoume que no Delta confirmouse a predación do Porco bravo sobre ardeidos nidificantes no chan, algo que deixou certamente preocupado, dada a densidaded de Xabaríns que temos aquí. Xa me entendes...

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