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martes, 27 de outubro de 2026

Cuando lo anormal se convierte en "normalidad"

  Hubo un tiempo no muy lejano en que existía el principio de autoridad. No me refiro sólo a la autoridad del Estado o de la Administración, sino a esa autoridad más cercana y natural que otorgaba la edad de las personas o la responsabilidad del profesor, del personal sanitario o de los directivos de una comunidad de vecinos. En esta distopía que es el siglo XXI eso ha desaparecido. Uno se siente impotente ante el incivismo patológico de los infractores y ante la inacción de los vecinos.

"La meada nuestra de cada día". Óleo sobre lienzo

  No sé ni cómo calificar lo que ocurre en mi edificio (aunque no lo parezca por lo angosto de la entrada ahí dentro somos cuatro portales y 144 propietarios). Un edificio del que sigo siendo vocal de la escalera y por tanto miembro de la junta directiva. Una junta directiva en que no hay más vocales que el de la escalera D (yo), por falta de voluntarios. Solamente tenemos presidente (un rumano encantador y completamente integrado, más gallego ya que el caldo de nabizas).

     En ciudades como Ferrol la gente escapa de los barrios antiguos y sus viviendas son alquiladas mayormente a personas inmigrantes o en riesgo de exclusión, como es el caso de mi comunidad.

   En mi portal apenas quedan cuatro familias de las de toda la vida. Muchas de las personas con las que me llevaba muy bien han muerto (por cuestiones de edad) o se han marchado a otro barrio, asqueadas del incivismo de los nuevos vecinos. Porque ahora tenemos un vecindario ajeno completamente a las normas de convivencia tradicionales y con nula intención de integrarse. Bueno, excepto la familia de Nhat, unos vietnamitas maravillosos que viven debajo mía. Reconozco que también tuve suerte con los nuevos inquilinos de arriba, un grupo de infantes de Marina andaluces muy majos. Pero la mayoría es gente intratable. Como el dueño del perro que mea casi todos los días en el mismo túnel del edificio:

España 2026

  Como he dicho somos 144 viviendas/bajos. Es literalmente imposible que nadie vea como un perro mea cada dos o tres días en el mismo túnel del edifico. Pero nadie dice nada y nadie denuncia. Yo por ahora tampoco puedo hacer gran cosa porque no me ha coincidido verlo en directo, aunque sé que perro es, sin género de duda. De todas formas pienso que si un día el dueño le deja hacer delante mía, tampoco podría hacer nada, dado el nivel de estulticia mental que contamina esta sociedad. Igual hasta acabo yo denunciado por maltrato animal o alguna chorrada wokie.

    No parece casualidad que los mejores entre mis nuevos vecinos sean vietnamitas (de un continente como el asiático, diametralmente opuesto al nuestro en cuanto a valores sobre el respeto o el honor) y militares españoles de una fuerza de élite, obligados en este caso por su profesión. Con el resto toca sufrir y a veces me pregunto por qué volví a presentarme para vocal luego de recuperame un poco tras la muerte de María. Supongo que son las ganas de ayudar a la gente, ese componente solidario que me queda de mi época libertaria. De cuando era un soñador muy inocente.

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